Nuestra historia
Donde los sueños germinan en escena
"El Árbol que Cuenta Historias"
ACTO I
La Semilla: Voces que Florecen en Escena
"En cada risa infantil y en cada aplauso que brota del alma, nace la semilla de un mundo distinto: un mundo donde el arte rompe las paredes cuadradas de la sociedad y florece en mil formas, colores, aromas y sabores. Allí comienza la verdadera transformación, allí se descubre que enseñar arte es sembrar futuro."
Capítulo I
"El primer latido de la semilla"
La Fundación Teatral La Semilla nació para cumplir un sueño. Sí, así es. Una historia mágica que se remonta al año 2014, exactamente al primero de marzo, y comienza así:
En la ciudad de Santiago de Cali, entre sus comunas y barrios, se desarrollaba un proyecto artístico impulsado por los comités de planeación comunitaria y administrado por la Secretaría de Cultura municipal. El operador de aquel proceso era el Instituto Popular de Cultura, el querido IPC, sembrador de arte en la ciudad.
En medio de ese escenario apareció un maestro de teatro con mirada visionaria: Raúl Alberto Campo, coordinador de cultura de la Junta de Acción Comunal del barrio San Cristóbal, en la comuna 10. Con la convicción de que el arte es un proceso transformador, Raúl se encargó de convocar a la comunidad, invitándola a participar en esta aventura que despertaba la cultura individual y colectiva, enfocada en la transformación social.
Entre sus invitaciones incluyó a los estudiantes de una escuela cercana, la General Carlos Albán, ubicada en el barrio Santa Elena y administrada por la institución educativa Joaquín de Cayzedo y Cuero. Allí, los niños entre nueve y doce años recibieron con entusiasmo las primeras clases de teatro. Sus sonrisas, aplausos y risas llenaban el espacio de vida, mientras las emociones se confrontaban como espejos del alma.
Raúl, conmovido por aquel fervor, habló con el profesor encargado y le pidió reunir a esos niños una vez por semana. Así comenzó su interacción con ellos.
Una tarde, el sol ardiente caleño se ocultaba lentamente tras los farallones, camino al Pacífico. Raúl, sentado en una banca de la escuela bajo la sombra generosa de un almendro, observaba a los niños jugar y reír, saltar y explotar en emociones como volcanes en erupción. Entonces, uno de ellos se acercó. En sus manos sostenía un mango maduro y jugoso; su boca, manchada de la fruta, era un retrato de inocencia y alegría.
Capítulo II
Cuando el sueño rompió la tierra
Sentado junto al maestro, aquel niño, con el corazón rebosante de ilusión, exclamó con voz firme y ojos brillantes: —Me gusta mucho actuar. Yo quiero estar en la televisión, yo quiero ser actor.
Raúl lo miró con una leve sonrisa dibujada en su rostro, y con la serenidad de quien reconoce un deseo verdadero, le preguntó: —¿Realmente quieres ser actor?
El niño, emocionado, respondió sin titubeos: —Sí, yo quiero ser actor.
Raúl, al sentir la fuerza de aquel anhelo tan profundo, sincero y auténtico, articuló con firmeza: —Si realmente quieres ser actor, te voy a cumplir ese sueño.
En ese instante nació una carrera contra el tiempo: el inicio de un camino arduo, sembrado de obstáculos y sufrimientos, pero también de alegrías y regocijos. Era el comienzo de una travesía donde cada ensayo, cada aplauso y cada lágrima se convertirían en pasos hacia la transformación.
El proyecto llegó a su fin, pero Raúl no se detuvo. Continuó trabajando con fuerza y convicción para cumplirle el sueño a aquel niño, porque comprendía que ese niño, con su deseo ardiente de actuar, estaba también cumpliendo los sueños de muchos otros.
El 27 de abril, en la celebración del Día de los Niños, Raúl organizó un evento artístico y cultural en la calle 16D con carrera 23 del barrio San Cristóbal. Allí, bajo el cielo caleño y entre la algarabía de la comunidad, aquel niño con un sueño compartido debutó junto a sus compañeros
La primera producción teatral llevó por nombre "Canciones hechas poemas". No era solo una obra, era un ritual. Un ritual de liberación del alma, donde se enseñaba al público que todo aquello que pesa en la vida debe soltarse y enterrarse. Cada verso, cada gesto y cada aplauso se transformaban en un acto de catarsis colectiva, un recordatorio de que el arte no solo entretiene, sino que sana y libera.
Estos infantes continuaron preparándose con entrega y disciplina, dedicando tiempo de sus vidas a comprender la composición teatral, a descubrir la magia que encierra este mundo creativo, a darle vida a nuevos seres que cuentan historias, y cada historia, a su vez, deja huella en la esencia de quien la interpreta.
Cada ensayo, cada gesto, cada respiración, cada movimiento generaba una reacción. Comprendieron que el cuerpo es tan expresivo que puede narrar por sí mismo aquello que la boca calla.
Así concluyó aquel año, un ciclo lleno de aprendizajes, vivencias, alegrías y también tristezas. Con un fuerte adiós dejaron atrás el 2014. Ese fue el año en que la semilla, aún oculta bajo la tierra, comenzó a beber la savia de los sueños. En silencio, despertó su energía interior y respiró esperanza, quedando al borde de romper su cubierta para anunciar al mundo que estaba lista para nacer.
Capítulo III
El brote que buscó la luz
Con el nuevo amanecer, la semilla ya no permanecía dormida. Había llegado el tiempo de romper la tierra y dejarse ver. Los niños, transformados por la disciplina y la pasión, empezaron a mostrar al mundo lo que habían cultivado en su interior. Sus cuerpos, ahora conscientes de su poder expresivo, se convirtieron en instrumentos de verdad y emoción.
El teatro dejó de ser solo un juego: se volvió camino, se volvió voz, se volvió raíz que empezaba a crecer hacia la luz. En esa transición de lo oculto a lo visible, los sueños guardados bajo tierra se atrevieron a mostrarse al Sol.
En aquel 2 de enero de 2015 germinó el gran sueño. Así nació el Grupo Teatral "La Semilla", una agrupación en proceso de transformación, que comenzaba a levantar los cimientos de sus dos grandes pilares de sostenimiento: la enseñanza y la sabiduría.
Desde sus primeros pasos, el grupo se propuso unir lo clásico con lo moderno, explorar la condición humana, el destino y lo moral. En sus tablas se tejían mentiras que revelaban verdades, historias que, aunque nacidas de la ficción, estaban profundamente basadas en la realidad.
En ese proceso creativo, los jóvenes actores absorbieron el legado de dos grandes maestros del teatro universal: Sófocles, con su mirada sobre el destino y la tragedia humana, y Bertolt Brecht, con su visión crítica y transformadora de la sociedad. De ellos aprendieron que el teatro no solo representa, sino que cuestiona, revela y transforma.
Durante ese año, el proceso creativo de la agrupación se basó en dar vida a historias cortas, relatos que dejaran enseñanzas y generaran impacto. El público no quedaba únicamente conmovido por la trama, sino que entraba en una experiencia catártica al ver a niños y preadolescentes capaces de construir y representar ese tipo de historias.
En ese camino, nació la puesta en escena "Día del Idioma – Inicio", obra que narraba y contaba el gran legado de Miguel de Cervantes Saavedra con la creación de su obra inmortal Don Quijote de la Mancha. Los jóvenes actores explicaban al público la razón por la cual en Colombia se celebra el Día del Idioma Español, convirtiendo la palabra en homenaje y el escenario en aula viva.
Luego llegó "Regalo de la vida", historia que enseñaba que las familias no solo se forman por lazos consanguíneos, sino también por los lazos invisibles del corazón. Una obra que conmovía porque mostraba que el afecto y la solidaridad pueden construir hogares tan fuertes como la sangre misma.
Retomaron además un boceto dejado del año anterior, que no había sido despedida sino apenas un inicio. Lo enriquecieron y lo transformaron en la obra "Viuda a los 20". Desde el teatro gestual, a través de la musicalización, las emociones y la expresión del cuerpo, narraron la tragedia que oscureció a una familia. En aquella puesta en escena, frente al público, con las luces apagadas y el escenario iluminado con su ambientación precisa, se vivió un momento único: del silencio emergían lágrimas, y entre la penumbra se escuchaba el sollozo de quienes habían sido tocados en lo más profundo de su ser.
El año 2015 fue un ciclo de vivencias, aprendizajes, descubrimientos, alegrías, tristezas, aplausos, sonrisas y unión. Como en el tren de la vida, algunos se subieron en una estación para ayudar a fortalecer aquel gran proceso; otros, en su momento, descendieron en otra, dejando atrás sus presencias.
Sin embargo, en cada ausencia quedó sembrado un legado. Cada paso, cada voz, cada gesto abonó el camino, enriqueciendo la tierra donde la semilla seguía creciendo. Así, entre llegadas y despedidas, se consolidó un año que no solo marcó el inicio de un grupo teatral, sino la certeza de que los sueños compartidos pueden florecer en comunidad.
Capítulo IV
El árbol que levantó su nombre
Llegó el año 2016, un año decisorio para aquella semilla que se encontraba en proceso de crecimiento. El 9 de enero presentaron el documento privado ante la Cámara de Comercio de Cali, y el 20 de enero, con el número 99 del Libro I, quedó registrada y legalizada la entidad de naturaleza Fundación, denominada Fundación Teatral "La Semilla".
Ese 2016 fue un año de crecimiento y de enfrentarse a procesos diferentes. La meta era clara: la creación de su primera producción en formato largo, destinada a ser presentada en uno de los santuarios donde el teatro es abrazado con devoción.
En medio de ese camino llegó una gran solicitud. En el mes de mayo, en el teatro Jorge Isaacs, el maestro Raúl Campo se cruzó con la gran poeta caleña Jenny Cabrera, mujer amante de las artes, con la poesía corriendo por sus venas. Ella le pidió al maestro una representación teatral en homenaje póstumo a la poeta María Mercedes Carranza.
Aquel acto no solo conmemoraba los años de su partida, sino que se erigía como un reconocimiento al gran legado que Carranza dejó para la nación. El escenario se preparaba para convertirse en altar de memoria, donde la palabra poética se transformaba en teatro vivo, y la Fundación Teatral La Semilla asumía el reto de honrar a una de las voces más profundas de la literatura colombiana.
Iniciaron entonces los procesos de investigación, análisis y evaluación de la puesta en escena. Había que entender y comprender cómo fueron los últimos días de aquella mujer, qué pasaba en su cabeza, en su entorno y en todo su ser.
La producción quedó dividida en dos actos. En el primero, se recordaba quién había sido, en una atmósfera escénica cargada de dolor profundo, desesperanza, miedo, angustia existencial, implacabilidad y juicio. En el segundo, desde una atmósfera semiótica, con musicalización, desplazamientos corporales y expresión desde la voz poética, se dio vida a sus últimas grandes creaciones. Así nació la producción teatral: Performance: Poemas a María Mercedes Carranza.
Pero mientras tanto, la Fundación seguía trabajando en la creación de su primera producción artística en formato largo. Buscaban una obra que representara la sociedad, la danza y la poesía, una fusión de esos tres elementos unidos en una sola creación.
De ese proceso creativo nació "Voces Poéticas", una propuesta que integraba teatro, danza y poesía. A través del performance, el movimiento corporal y la semiótica, combinados con la voz poética, se construyó un hilo conductor que se entrelazaba con bailes de salón y folclóricos.
Aquella obra mostraba la grandeza de la sociedad, pero también su fragilidad, destruida por los ismos sociales. Cada escena invitaba al espectador a evaluarse, a preguntarse en qué posición se encontraba dentro de esa sociedad y qué aportes, desde su propia esencia, podía ofrecer para que la comunidad creciera y evolucionara.
Llegó el día del estreno. Todos, con gran entusiasmo, esperaban la hora cero. Reunidos en el Teatro Salamandra, daban los últimos preparativos para recibir a un público invitado con amor, deseosos de mostrar el resultado de tantas horas de ensayo, de pruebas y errores, de acuerdos y desacuerdos. Al final, todo ese esfuerzo había dado frutos.
Entre camerinos, escenario y butacas, la ansiedad recorría cada rincón. La sala estaba llena, el aforo a rebosar. Aquellos niños que ya eran adolescentes aguardaban atentos al sonido de la campana, ese timbre que les anunciaba que el inicio había llegado.
Las luces se apagaron y un silencio absoluto envolvió el lugar. De pronto, desde las cajas acústicas se escuchó la voz que narraba: "Al principio la tierra era una esfera oscura sin rumbo alguno…". Ese instante marcó el inicio de un fin, un punto sin retorno.
Después de haberlo entregado todo en escena, llegó la venia. El público no cesaba de aplaudir. Uno a uno, los espectadores se levantaban de sus butacas, con emociones y sentimientos encontrados. Los aplausos retumbaban en el recinto como un río incontenible. En el escenario, los cuerpos sudados y jadeantes contenían en su pecho la alegría de haber cumplido aquel gran logro.
Estas dos grandes producciones marcaron el inicio de la Fundación como referente cultural en Cali. La semilla ya no solo brotaba: empezaba a echar raíces firmes en la tierra fértil de la sociedad, preparándose para crecer aún más y proyectarse hacia nuevos horizontes.






